Crítica: Zona de Interés (The Zone of Interest) (2023)

Volver al índice de críticas por año / una crítica del film, por Alejandro Franco

4 atómicos: muy buenaUSA / GB / Polonia, 2023: Christian Friedel (Rudolf Höss), Sandra Hüller (Hedwig Höss), Johann Karthaus (Claus Höss), Luis Noah Witte (Hans Höss)

Director: Jonathan Glazer – Guión: Jonathan Glazer, basado en la novela de Martin Amis

Trama: 1943, Auschwitz, Polonia. Rudolf Höss vive una vida idílica en la inmensa finca que hizo construir al lado del campo de concentración que dirige. En esa burbuja artificial alejada de los horrores del exterminio nazi los Höss llevan una vida de lujo – con fiestas infantiles, piscina, enormes jardines, visitas de altos jerarcas – mientras que, a unos pocos metros, torturan y matan prisioneros judíos durante las 24 horas. El tema es que los Höss son inmunes a todo ese dolor: sean los gritos y las balaceras, el humo del horno crematorio que trabaja todo el tiempo, o el desembarco constante de trenes cargados de prisioneros para reponer la población del campo. Ahora Höss recibe la misión de supervisar la “producción” de otros campos de concentración. Debiendo apartarse de su familia durante meses, los Höss se sumen en la tristeza de la despedida y la lejanía de la distancia… viviendo la extraña normalidad de sus días como lo mas natural mientras se dedican a masacrar miles de personas sin el más mínimo cargo de conciencia.

Crítica: Zona de Interés (The Zone of Interest) (2023)

Nazis. Individuos despreciables sin lugar a duda, pero pésimamente retratados por el cine. Hollywood siempre los ha caracterizado como caricaturas – locos o sádicos -, cuando lo más terrible y real era que se trataban de personas muy inteligentes, funcionales y extremadamente urbanas. He allí el horror, ver que el tipo tan educado y carismático que tenés sentado al lado tuyo – y con el cual estuviste hablando durante horas – acaba de mandar a las cámaras de gas a 10.000 personas para cumplir la cuota de exterminio que le exige su superior.

De allí viene la expresión “la banalidad del mal”, la que creó la filósofa Hannah Arendt cuando asistió al juicio de Adolf Eichmann en Israel en 1961, y vió cómo el tipo hablaba con total naturalidad de su trabajo en los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. Eichmann – junto con Reinhard Heydrich – fue uno de los responsables de la Solución Final, el sistema de exterminio masivo, metódico y ultra eficiente que los nazis pusieron en marcha para aniquilar a todos los judíos que podían capturar a su paso durante la conquista de Europa – para más datos vean la excelente Conspiración (2001) en HBO -. El tema es que Eichmann estaba lo mas pancho en el estrado, alegando que había cumplido con su trabajo, que el Estado lo había puesto en esa posición y que se trataba de un deber más que debía cometer como militar de carrera. Vale decir: el tipo estaba en una situación en donde sabía que no tenía escape, que su final era la horca, y que estaba rodeado de gente que lo odiaba… y aún así estaba desenvuelto, como si estuviera entre pares hablando de una situación común que los dos tuvieron que vivir. Sin cargo de conciencia, sólo un burócrata cumpliendo con su trabajo.

Zona de Interés nos da una nueva faceta del término “la banalidad del mal”. El lugar es Auschwitz y el centro de atención es la familia de Rudolf Höss, responsable del campo de concentración de la zona. Lo primero que impacta es que el tipo ha decidido hacerse un chalet a todo lujo literalmente pegado al campo de concentración – no a 200 o a 500 metros, sino que usa parte del vallado de cemento del campo de concentración como cerca lateral de su propiedad -. Vale decir, mientras su hijos chapotean en la piscina, a 30 metros están las barracas de dos pisos donde cientos de prisioneros son torturados, hambreados y obligados a trabajos forzados. Como el filme prácticamente carece de música – salvo títulos iniciales y un breve intermedio -, todo lo que tenemos es sonido ambiente. Höss y su familia viven en el chalet como si nada, aunque siempre hay un ruido constante de fondo como si fuera una fábrica trabajando las 24 horas. Esa “burbuja” artificial de lujo y confort en medio de una zona empapada de drama y dolor es un contraste brutal. La mujer de Höss arregla el jardín mientras los trenes que cargan prisioneros judíos para el exterminio llegan en el plano de fondo. La familia se toma un té mientras que el horno de cremación funciona a full, con llamas tan altas que la oscuridad de la noche se vuelve roja por el fuego. Las visitas llegan y los chicos juegan mientras se sienten gritos, aullidos y disparos. ¿Acaso todos los habitantes de la casa son sordos?. No, y ahí está el tema central del filme. Como los habitantes del campo de concentración no son considerados “personas”, el ruido y la tragedia que viven y generan le son totalmente indiferentes. He allí la perversión de la mentalidad nazi: cosificar a enemigos y prisioneros, convirtiéndolos en objetos descartables, en cosas que se pueden eliminar sin que uno tenga el más mínimo cargo de conciencia… del mismo modo que nos resulta normal aplastar un insecto que nos molesta.

Pero si Höss es de la casta y está mentalizado con su trabajo como el deber de un patriota – su carrera, su nación, el nazismo como su religión; cumplir su cuota de masacres como si fuera el gerente de una fábrica al cual siempre le exigen aumentar la producción (!) -, quizás más terrible es el caso de la señora Höss y sus críos. Los criados de la casa – que hacen jardinería y albañilería – son prisioneros del campo, seleccionados por buena conducta pero estrechamente vigilados. Las mucamas son también prisioneras, pero se les concede el honor de tener ropa como la gente para que puedan atender a la familia y a los niños, se vean limpias y decentes a la hora de cocinar, lavar la ropa y tender las camas. Y si la dueña de casa se enoja, puede que le diga al marido que te ponga primera en la fila para la cámara de gas / el crematorio del día siguiente. Los horrores del campo de concentración es simplemente sonido ambiente, les es inmune su auténtico significado, sólo viven enroscados en sus banalidades diarias – jugar con soldaditos de plomo con uniformes nazis, arreglar visitas de otros oficiales, cuidar que los prisioneros no pisen las plantas, armar un jardín de invierno, ver como chuparle las medias a algún capo del partido para seguir unos años mas en el puesto, etc -.

Mientras que al principio es impactante el enfoque – honestamente nunca vi nada parecido -, por el otro lado es el único truco que el director Jonathan Glazer tiene a mano… y, después de 40 minutos de sentir horrores de fondo, termina por perder efectividad. O quizás ese sea el efecto deseado, cuando nosotros – como los Höss – nos acostumbramos a las balaceras, el llanto y los gritos de dolor. Pero al llevar el relato a 90 minutos de duración el efecto de shock termina diluyéndose y sólo le queda un truco a Glazer para el final – intercalando un secuencia en la época actual – como para darnos cuenta de cuál fue el verdadero legado de Höss.

Zona de Interés es una película muy buena. No creo, como dice Spielberg, que sea la mejor película sobre el Holocausto porque en realidad lo suyo es más una tesis sobre el modo de vida nazi antes que una exposición cruel de los horrores del exterminio judío – que está sugerido pero nunca es explícito, nunca vemos en primera persona lo que pasa en ese lugar siniestro -. El oficial Höss será un burócrata que trabaja como exterminador para el Estado… pero la mujer ni los chicos se quedan atrás. Esa arrogancia de clase / raza suprema, esa creencia encarnada de su intocabilidad – de que la guerra nunca los alcanzará y, mucho menos, de que los nazis puedan tener en vilo la suerte de la contienda o siquiera perderla -, ese desprecio tan profundo por la gente que usan como esclavos en pleno siglo XX y que ni siquiera pueden verlos a los ojos…. y todo ese horror a plena vista, que para ellos es un paisaje natural ya que lo consideran parte de su tarea suprema.

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