Crítica: La Soga / Festín Diabólico (Rope) (1948)

Volver al indice de críticas por género / una crítica del film, por Alejandro Franco


4 atómicos: muy buenaRecomendación del EditorUSA, 1948: John Dall (Brandon Shaw), Farley Granger (Philip Morgan), James Stewart (Rupert Cadell), Cedric Hardwicke (Mr. Kentley), Joan Chandler (Janet Walker), Constance Collier (Mrs. Atwater), Edith Evanson (Mrs. Wilson), Douglas Dick (Kenneth Lawrence)

Director: Alfred Hitchcock – Guión: Arthur Laurents, basado en la obra de teatro de Patrick Hamilton

Trama: David Kentley ha muerto. Ha sido asesinado por sus dos compañeros de estudios, Brandon Shaw y Phillip Morgan, quienes deciden esconder su cuerpo en un gran baúl en el living del departamento donde viven. Intoxicados con los ideales nietzscheanos de que los hombres de intelecto superior están por encima de las leyes humanas de moral y justicia, Shaw quiere mostrar su impunidad cometiendo el crimen perfecto y, para colmo, exhibirlo delante de todo el mundo. Para ello ha invitado a un grupo de conocidos a un buffet, el cual va a dar en su departamento… minutos después de haber matado a Kentley y justo con el cadáver oculto a la vista de todos. El clima de la fiesta es retorcido y tóxico – entre los invitados figuran el mejor amigo, la novia y el padre de la víctima -… pero también han invitado a su antiguo profesor de filosofía, Rupert Cadell. Brandon está convencido que si alguien tan brillante como Cadell es incapaz de de descubrirlos su teoría quedará refrendada y podrán escapar intactos de semejante acto diabólico. Pero Cadell es un individuo sumamente perceptivo y, tras ciertos derrapes emocionales de Philip Morgan, ha comenzado a presentir que algo malo – realmente muy malo – ha ocurrido en ese departamento y que una verdad oculta y aterradora puede explotar en sus caras de un momento a otro.

Crítica: La Soga / Festín Diabólico (Rope) (1948)

La historia de La Soga es de sobra conocida por los cinéfilos. En 1924 dos chicos de clase alta (Nathan Leopold Jr y Richard Loeb) decidieron matar a un compañero de estudios (Bobby Franks de apenas 14 años) simplemente por una cuestión de snobismo intelectual. Apelando a las teorías del SuperHombre de Nietzsche – que indica que los hombres intelectualmente superiores están por encima del bien y el mal, razón por la cual pueden dictar sus propias reglas de justicia y moral sin la posibilidad de ser cuestionados… algo que años mas tarde un tipito con bigote ridículo a lo Chaplin se lo tomó muy en serio, para desgracia de la humanidad – la dupla decidió cometer lo que consideraron el crimen perfecto – sin pasión ni motivo aparente – y salirse con la suya como una demostración de su razonamiento supremo. Por supuesto los tipos cayeron, todo el tema se volvió un escándalo y el suceso dio pie para que Patrick Hamilton escribiera una obra de teatro en 1929. Ante el éxito de la misma Hitchcock le tiró el ojo, consiguió los derechos y decidió adaptarla de la manera mas experimental posible. Ya que toda la historia transcurre en un solo acto en un único escenario, a Hitch le encantó el desafío de imprimirle dinamismo – y sobre todo, suspenso – a algo que por naturaleza era estático y que se limitaba a la pirotecnia verbal. Para ello se le ocurrió rodar toda la historia en una sola toma y mover la cámara por todo el escenario desde los ángulos mas inusitados e inquietantes posibles. Mientras que todo el mundo habla del primer logro – que es mas aparente que real, ya que por limitaciones de la tecnología de la época Hitch no podía rodar mas de 10 minutos seguidos ya que ése era el límite del rollo de filme Technicolor de la cámara, razón por la cual apeló a trucos como cortes escondidos, oscurecimientos de pantalla al acercar la cámara a la espalda de los actores y algo de edición invisible -, es en realidad el segundo punto lo que convierte a La Soga en un filme fascinante desde el punto de vista técnico. A finales de los 40 no existía la Steadycam ni nada parecido, las cámaras Technicolor eran unos mamotretos enormes que pesaban una tonelada y, para moverla por todos lados, a Hitch se le ocurrió armar un formidable acto de coreografía con cámaras sobre ruedas, asistentes ocultos entre el decorado, muebles montados sobre plataformas corredizas y una coordinada perfomance física del elenco sabiendo en qué momento y lugar debían estar parados según el parlamento para que la cámara los tomara como el director había imaginado. O sea que si la cámara seguía a alguien, los asistentes corrían los muebles, la cámara se adelantaba al punto marcado previamente, luego retrocedía y los muebles eran reintegrados a su ubicación de origen, todo con el piso lleno de marcas e indicaciones. Mientras que la “falsa” toma única imprime una sensación constante de claustrofobia, el que la cámara se mueva por todos lados y se ubique en lugares estratégicos para captar reacciones del elenco (o deliciosos momentos de tensión en donde algo horrible puede revelarse de un momento a otro) eleva las bazas de una manera que sólo Hitchcock puede hacer. Consideren la escena siguiente: la pareja de homicidas ha asesinado a su compañero y, en un extremo acto de perversión, lo han escondido en un baúl ubicado en medio del living. Ahora, para elevar la apuesta, el líder de los asesinos ha montado una fiesta y ha colocado el buffet encima de dicho cajón, cosa que todos se pregunten y hablen sobre el paradero del occiso mientras el mismo reside a un metro de ellos oculto en un inesperado ataúd de madera camuflado de mueble urbano. Pero ahora la fiesta se ha acabado, la sirvienta está desmontando todo y – como el cajón tiene la cerradura rota, en otra de esas diabólicas ocurrencias de Hitch – se apresta a guardar unos libros en el baúl, completamente ajena a lo que mora en su interior. La tapa se abre unos centímetros y todo está por volar por los aires… hasta que uno de los maniacos se aviva e interviene justo a tiempo antes que la olla se destape.

Es posible que la historia en sí no sea el mejor filme de Hitchcock – como en la vida real, Hitch telegrafía de que la pareja de asesinos es gay; lo que nadie adivina (salvo por el comentario off the record del libretista Arthur Laurents) es que el personaje de James Stewart también era gay y tuvo una relación romántica con el líder del dúo, John Dall: he allí la causa de la excitación por la cual Dall quiere probarle (aunque sea de manera indirecta) a su antiguo amante y mentor que ha aplicado al pie de la letra la filosofía nietzscheana que ha discutido acaloradamente en las clases de filosofía que Stewart daba… y que el otro pedante las ha tomado al pie de la letra hasta el punto de hacerse carne y convertirlas en su patrón de conducta en la vida -; el drama es el personaje de Farley Granger, el cual vive atormentado desde el segundo posterior a haber cometido el asesinato y cuya conciencia lo carcome… pero que el actor termina convirtiendo el punto casi en un acto que bordea la caricatura (en otro acto de retorcido humor negro de Hitch, el director contrató a dos actores gays para los protagónicos, e incluso Granger era el amante de Laurents al momento del rodaje).

El drama sigue la estructura propia de los filmes de Hitchcock: la primera media hora está de relleno, pura pirotecnia verbal sin peso dramático en la historia solo para telegrafiar lo que pasó y los supuestos motivos del suceso; el filme despierta cuando James Stewart entra a escena y comienza a percibir señales extrañas por parte del dúo de ex alumnos. El resto del cast es anónimo – la vieja que ama los horóscopos sirve como comic relief para descargar tensiones; la dupla de ex amantes (de los cuales la chica era la novia del chico que asesinaron) solo sirve para mostrar la perversión de Dall hacia ellos mediante sus retorcidos juegos mentales (“ahora que vas a quedar libre podés buscarte algo mejor, incluso podés volver con tu ex novio!”), y el padre del muchacho muerto que, además de exasperación y dramatismos, sirve como feroz contrapunto moral cuando Dall decide ventilar sus teorías Nietzscheanas (“¿quien decide la superioridad moral?; Hitler creía eso y creía estar por encima de todos, y así le fue!”) – así que la atención está puesta en Stewart, Granger y Dall. Pero las reacciones de Stewart son impagables – al ver como Granger explota por ciertos comentarios indebidos; como los ojos de Granger siguen con desesperación el destino de la soga usada para el asesinato (que Dall ha decidido utilizar para atar una parva de libros que le ha regalado al padre del chico muerto, en otro acto desafiante frente al grupo de los inocentes); y sobre todo los minutos finales donde decide confrontar a la dupla en un clima tan volátil que cualquiera puede resultar muerto ya que a Dall los nervios lo están traicionando y ha decidido sumar un revólver al escenario -.

Como en cualquier filme de Hitch uno suele esbozar una sonrisa cuando descubre las travesuras que el director ha montado para el deleite del público. El cadáver es una bomba y le va a explotar al primero que abra el baúl donde se encuentra. Dall se relame con el peligro inminente, con la inocencia de los invitados que circulan a menos de dos metros donde está enterrado el horror, como si fuera el director supremo de una retorcida obra de teatro que puede manejar los tiempos (y los humores) de los intérpretes de acuerdo a sus oscuros designios. Pero he aquí una mente suprema ajena a semejante corrupción intelectual – y moral -, un hombre honesto y brillante devenido en improvisado investigador que comienza a percibir, debajo de su piel, que nada es lo que parece y que hay un siniestro subtexto escondido tras la superficialidad de un buffet armado de apuro. Es su presencia abrumadora la que hace que los pecadores a los cuales aún les queda consciencia – como Granger – se sientan atormentados, como si estuvieran frente a un sacerdote capaz de examinar sus almas como si tuviera rayos X en sus ojos. Granger se siente ajeno a ese duelo intelectual entre Dall y Stewart – ése es un desafío privado cuyas causas escapan a su conocimiento; ¿por qué no simplemente cometer el asesinato y huir? ¿cúal es la necesidad de ostentarlo y de ponerse bajo la nariz del cazador? -, y solo siente que ha sido un peón del juego de Dall simplemente porque el asesinato es una tarea demasiado trabajosa para cometerla uno solo, mas cuando Dall desea montar semejante espectáculo alrededor del cuerpo oculto. Y para Stewart, el descubrimiento de la verdad funciona como una revelación aterradora sobre la naturaleza humana: siente que, de alguna manera, ha contribuido a alimentar la retorcida filosofía que en este momento Dall y Granger han puesto en práctica con una amoralidad espantosa.

La Soga es un filme super recomendable de Hitchcock aunque no sea lo mejor del maestro. Es mas un gimmick cinematográfico (por su elaborada puesta en escena) que un filme hecho y derecho. Pero la gracia siempre está en la galería de trucos del inglés y en su negrísimo sentido del humor, el cual siempre aflora en sus obras en los momentos mas inesperados.

ALFRED HITCHCOCK

Filmes de Alfred Hitchcock que hemos comentado en este portal: La Soga (1948) – La Ventana Indiscreta (1954) –  Intriga Internacional (1959) – Psicosis (1960) – Los Pajaros (1963) – Topaz (1969) – Frenesí (1972). A su vez de Los Pájaros se hizo una horrenda secuela para cable, Los Pajaros II: El Fin del Mundo (1994). Psicosis (1998) es una remake realizada por Gus Van Sant. Bates Motel (2013 -) es una miniserie que narra los años de juventud de Norman Bates y su madre. Hitchcock (2012) y La Chica (2012) son dos filmes biográficos que documentan respectivamente los rodajes de Psicosis, Los Pájaros y Marnie.