Crítica: Sweetheart (2019)

Volver al índice de críticas por año / una crítica del film, por Alejandro Franco

3 atómicos: buenaUSA, 2019: Kiersey Clemons (Jennifer Remming), Emory Cohen (Lucas Griffin), Hanna Mangan Lawrence (Mia), Andrew Crawford (Criatura), Benedict Samuel (Brad)

Director: J.D. Dillard – Guión: J.D. Dillard, Alex Hyner & Alex Theurer

Trama: El yate donde iba Jennifer ha naufragado. A duras penas ha llegado a una isla en medio de la nada, en donde no vive nadie, sólo hay cocos y algunos animales silvestres. Todos los días Jennifer recupera restos del naufragio y va montando una pequeña tienda para sobrevivir. Incluso la marea, dos por tres, trae los cadáveres de algunos de sus amigos que se ahogaron en el mar. Con todo ello, pasan los días y Jennifer se da mañana para subsistir… hasta que descubre que los cadáveres que ha recuperado y enterrado en la arena han desaparecido. Montando un escondite en las sombras y haciendo guardia toda la noche, acaba de descubrir lo peor: hay una criatura que visita la isla y devora todo lo que encuentra. Sin armas ni cobertura segura posible, en un islote de sólo unas cuadras de superficie, el duelo entre Jennifer y la criatura se torna inevitable, especialmente después que ésta se ha dado cuenta que no está sóla en la isla.

Crítica: Sweetheart (2019)

Qué premisa tan buena, qué puesta en escena tan desabrida. Sweetheart (Cariño) viene promocionada por Blumhouse, la productora de Jason Blum que prácticamente domina el mercado del cine de terror. Desde Actividad Paranormal hasta las producciones de James Wan, casi no hay película de horror que no esté producida por él. Después de todo, lo que hace Jason Blum no es más que recrear la clásica receta vintage de Roger Corman, produciendo películas a mansalva por dos pesos (en este caso, cinco millones de u$s de costo… o menos). Su ventaja es reclutar a directores conocidos o en ascenso, y darles total libertad creativa. Es por eso que se han acercado Leigh Whannell (junto con Wan, el otro co creador de la saga Saw), M. Night Shyamalan (el cual resucitó su carrera con The Visit, Split y Glass) y hasta Jordan Peele. Lo que se dice, un productor avispado y una máquina de hacer dinero.

Pero si las producciones de Blumhouse son, en su mayoría, de buenas para arriba, de vez en cuando hay alguna pifia como La Isla de la Fantasía… o la película que ahora nos ocupa, que no es mala pero que fue lanzada directo al streaming sin muchos miramientos. La premisa es genial – sobreviviente de naufragio llega a isla desierta, se topa con un monstruo y debe librar una batalla a muerte con él -, e imagino que el argumento de venta debe haber sido “¿qué hubiera pasado si, en Cast Away, Tom Hanks llegaba a la isla desierta y, en vez de tener de compañía a Wilson, se le aparecía Depredador?”. Escenario único, armas improvisadas, un setup digno de un duelo a muerte memorable. Pero…

Acá está Kiersey Clemons, siglos antes de ser la novia de Flash en Zack Snyder’s Liga de la Justicia y la propia The Flash. Es delicada, natural, una chica joven corriente, no una badass con instinto de supervivencia nato. Iba en viaje de diversión con unos amigos y el yate se le hundió. Desmayada, llega a la playa de un islote perdido en medio del océano – enorme pero desierto -, y empieza a buscar cómo sobrevivir. Hubo un campamento previo – ya estuvieron náufragos en esa isla, o sea que tiene un starter kit de lonas, heladerita, una caja de fósforos y un par de Nuka Colas del tiempo de ñaupa -, con lo cual se hace un refugio y se da maña para pescar y cocinar la comida. Con el tiempo llegan cadáveres y objetos del naufragio a la isla – vulgar excusa para que encuentre una valija con ropa y pueda hacer cambio de vestuario en cada escena -. Por alguna boba razón a los cadáveres no los entierra sino que les hace un hueco en la arena y los tapa con palmeritas. Grande será el zogaca cuando descubra que su amigo semi enterrado desapareció y dejó un reguero de sangre como si hubiera explotado.

Lo que sigue es un juego del gato y del ratón entre ella y lo que parece un bicho humanoide – primo lejano de El Monstruo de la Laguna Negra -, el cual irrumpe en la isla de noche y se devora todo lo que encuentra. Los avistamientos del bicho son lejanos o fuera de foco, aplicando la vieja receta de Tiburón de mostrar poco al monstruo. Mientras que en el clásico de Spielberg se hacía porque el escualo robot era un mamotreto inexpresivo y obviamente falso, acá los efectos son mucho mejores pero el diseño del bicho deja que desear. Es como Gillman pero con cabeza de Pitbull y, por momentos, me hace acordar a Pompín, un conejo – títere de mano que hacía chistes malos en un programa argento. El efecto final es más cutre que terrorífico.

Ciertamente el filme es sólido, no comete ninguna estupidez abismal. Los pasos de la Clemons son razonables – poner un cebo al monstruo, vigilar sus pasos, ver cómo escapar de la isla -, e incluso el descubrimiento de su madriguera – un pozo sin fin en el fondo del mar, a metros de la orilla – tiene su cuota de sorpresa. Pero donde se desarma todo es en el clímax, en donde la batalla final no tiene la ferocidad que el público clamaba. Ni siquiera sabemos si la Clemons logró salir de la isla.

Sweetheart es un buen pasatiempo. No es guau, no insulta la inteligencia, pero precisaba otro director (y quizás otra actriz capaz de chiflarse en cámara, cosa que la batalla final fuera brutal). Zafa pero, en otras manos, podría haber dado lugar a algo sangriento, despiadado y memorable.