Crítica: La Caída del Halcón Negro (Black Hawk Down) (2001)

Volver al índice de críticas por año / una crítica del film, por Alejandro Franco

3 atómicos: buenaUSA / GB, 2001: Josh Hartnett (Eversmann), Ewan McGregor (Grimes), Tom Sizemore (McKnight), Eric Bana (Hoot), William Fichtner (Sanderson), Ewen Bremner (Nelson), Sam Shepard (Garrison)

Director: Ridley Scott – Guión: Ken Nolan, sobre el libro de Mark Bowden

Trama: 1992. La guerra civil en Somalia se está convirtiendo en un genocidio. El dictador de turno, Mohamed Farrah Aidid, impide la llegada de convoyes con ayuda humanitaria y la gente muere de a miles por hambre y enfermedades. Estados Unidos acepta el encargo de convertirse en el brazo armado de la ONU y envía a una fuerza de Rangers a capturar a Aidid para someterlo a la Corte Internacional de Justicia. El primer paso es dar con dos asesores de Aidid que son de importancia estratégica para desarmar su operación militar. Pero el operativo resulta ser menos prolijo de lo esperado, con numerosos soldados heridos y un helicóptero Black Hawk abatido. Ahora se inicia una carrera contra reloj para rescatar a los soldados heridos que están desperdigados en varios sectores de la ciudad, mientras que las milicias de Aidid atacan sin piedad y sin descanso. El tiempo corre, las municiones se terminan, los heridos se multiplican y la esperanza se desvanece, en lo que es una carrera desesperada por la supervivencia.

Crítica: La Caída del Halcón Negro (Black Hawk Down) (2001)

¿Cómo definir si un filme de guerra es antibélico o pro-bélico?. Es difícil saber, mas si los norteamericanos son los responsables del mismo. En general para mandar un mensaje pacifista hay que tomar un conflicto que sea universalmente repudiado – por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial -, poner personajes con humanidad y empatía, y verlos pasar por un montón de horror y sufrimiento. En general creo que es difícil hacer filmes anti bélicos con soldados como protagonistas, porque siempre termina por sobresalir lo panfletario; la única manera de hacer un alegato contra la guerra es poner a los civiles como protagonistas y verlos pasar las de Caín. Después de todo, sin comerla ni beberla, son los civiles los que sufren el grueso de las bajas. Sea El Pianista o La Vida es Bella, uno siente la desgracia de los protagonistas en su propia piel, y el único resultado posible es sobrevivir a tanta muerte y locura de la manera más íntegra posible.

Con ese criterio, es imposible tomar demasiado en serio a La Caída del Halcón Negro. No puedo negar que disfruto de esos filmes en un sentido casi lúdico, como ver una partida de Call of Duty filmada en Twitch. Hay muertes espectaculares, golpes de efectos, batallas infernales – es el mismo pedigree de 13 Horas: los Soldados Secretos de Bengasi, la cual vi un millón de veces -, pero acá no hay historia sino una orgía de muerte, discursos patrioteros y villanos de cartón pintado – ni siquiera el honor del guerrero contra el guerrero, como el clásico Zulú -. Como en el filme de Michael Bay, impresiona la ferocidad del enemigo, una masa que avanza absorbiendo balas como una esponja, lanzándose demencialmente ante las ráfagas de las ametralladoras con tal de que muera un maldito yanqui a costa de 200 connacionales. Y créanme que yo no soy los que dice “viva Fidel!” “muerte al Imperio!” y todas esas pavadas de ideología prehistórica que retrasa como 50 años, pero también no soy un estúpido que cree que cada guerra librada por Norteamérica fue heroica y justa. Aunque Ridley Scott dirija con maestría, es imposible tragar los clichés del soldado herido / por favor, quiero volver a casa / mueran bastardos! / es mi último cargador / el general dando órdenes imposibles a 40 km de distancia, tomando un café y con el c… sequito mientras el resto vive empapado en sangre y tripas de sus compañeros de armas / etc. El elenco es enorme, y es imposible hacer tridimensional siquiera a uno. USA del lado de la Justicia, tomando una misión de la ONU para compensar una desgracia – un dictador infame que sumerge a su pueblo en una devastadora hambruna con tal de doblegar a las facciones rebeldes contra las que libra una guerra civil -, yéndose de mambo con los balazos – como si tuvieran una puntería perfecta y sólo le dieran a militantes -, y los enemigos actuando como una masa anónima y omnisciente, a la cual no se le acaban las balas ni le importa morir con tal de liquidar a un sucio imperialista. Que el fragor de la batalla no te encandile; esto es vaqueros contra indios al estilo de los filmes de John Wayne, donde solo los protagonistas son las víctimas aunque hayan masacrado a un millón de tipos del bando opuesto.

Mientras que la parte histórica y política es eminentemente discutible, el filme es fascinante por cómo ilustra el fragor de la guerra moderna. Si a los americanos les fue mal en Vietnam que era una jungla y donde toneladas de hardware no hacían mella al enemigo, acá – a cielo descubierto en una ciudad enclavada en el desierto – la guerrilla urbana los tiene de cabeza. Hoy en día las cosas cambiaron sólo un poco, ya que en vez de ir a arrestar a criminales de guerra le mandarían un Dron que tiraría abajo el edificio y corta la bocha. El profesionalismo se lleva de patadas con el fanatismo, y por eso las cosas ahora son asépticas, a control remoto y sin bajas humanas (propias) porque políticamente es inaceptable. De hecho la anécdota de La Caída del Halcón Negro fue tan devastadora que la política exterior de Estados Unidos se acobardó de intervenir en otro tipo de conflictos – como fuerza armada de la ONU – durante casi una década… hasta que vino el Atentado a las Torres Gemelas y salieron a dispararle a medio mundo. Las guerras en los desiertos se pueden ganar en cuestión de días… pero la batalla contra la guerrilla urbana dura años y es desgastante, y es lo que terminó pasando con las incursiones americanas en Afganistán e Irak, donde tarde o temprano tuvieron que retirarse.

Si uno deja de lado el flagrante discurso de propaganda, lo que obtiene es una sólida película de acción, no más, no menos. Las muertes son brutales, la supervivencia es feroz, y los que llegan al final es por una cuestión de resistirse a morir más que por heroísmos. Hay una tonelada de nombres conocidos en el cast haciendo sus primeros papeles – Orlando Bloom, Tom Hardy, Eric Bana, Kim Coates, Nikolaj Coster-Waldau, la dupla de Trainspotting de Ewan McGregor y Ewen Bremmer, y un larguísimo etcétera (hay más actores de la comunidad británica que americanos!) -, que dicen tres parlamentos y desaparecen en la multitud. Los principales son Bana, William Fichtner, Jason Isaacs, Sam Shepard y Josh Harnett, cuando aún era una promesa en Hollywood.

No quiero parecer un cínico, pero el filme no te despierta nada, excepto adrenalina. Si el propósito era ser un alegato antibélico la pifiaron feo, porque esto parece una propaganda de 144 minutos para enrolarse en los Rangers o en los Delta Force. Si lo bañaron de nominaciones al Oscar es porque el filme apareció en Diciembre de 2001, apenas tres meses después del atentado del 11 de Setiembre y el público norteamericano quería un baño de patriotismo con algunos toques melodramáticos como exorcizar el sentimiento de culpa. No digo que la situación en Somalia fuera justa, pero pintar como víctima a un regimiento del ejército más poderoso del planeta que se mete en una guerra que no es suya (y que terminó yéndose con la cola entre las piernas) solo le sirve a la gente que vive dentro de las fronteras de Estados Unidos. La acción es impecable, hay un montón de situaciones bizarras que, por ser tan increíbles, deben ser reales (como el tipo que queda empalado con un obús sin explotar), y hay tripas por doquier, pero como filme dramático no funciona. Ahora, si hubieran invertido la carga de la prueba – en vez de 90% de acción hubieran puesto 90% de diálogos – quizás entenderíamos a estos hombres, los miedos que tienen, la situación espeluznante que deben vivir, y el daño que reciben – física, mental, emocionalmente – porque la guerra es un juego sin ganadores. Es un filme sólido para los amantes del cine de acción; pero para los amantes de la veracidad histórica, deberán buscarla en otro lado, simplemente porque este es un filme de propaganda patriótica, en donde la objetividad no es en absoluto relevante.

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