Crítica: El Rey de Tulsa (Tulsa King) (2022)

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4 atómicos: muy buenaRecomendación del EditorUSA, 2022: Sylvester Stallone (Dwight ‘el General’ Manfredi), Andrea Savage (Stacy Beale), Martin Starr (Bodhi), Garrett Hedlund (Mitch Keller), Jay Will (Tyson), Max Casella (Armand Truisi)

Creada por Taylor Sheridan

Trama: Dwight Manfredi ha pasado 25 años en la cárcel. Es un mafioso de segunda pero su fidelidad hacia su pandilla ha impedido que delate a sus jefes en todo este tiempo de encierro. Ahora ha salido de prisión y espera un premio gordo por todo el sacrificio hecho; pero, para sus jefes, es un artefacto del pasado, tan desfasado y anticuado que va de patadas con los nuevos métodos que usan los pandilleros en New York. En vista de eso, deciden mandarlo al ostracismo: que se vaya a una ciudad ranchera chiquita y pobre en la otra punta del país e intente montar ahí una sucursal de negocios. Sin secuaces, pistolas ni dinero – e insultando durante todo el camino – Manfredi deberá montar un imperio mafioso en la poco atractiva ciudad de Tulsa… pero su cultura, su falta de conocimiento sobre la sociedad moderna y sus métodos antiguos de hacer “negocios” se llevarán de narices con los nerds, la cultura woke, la marihuana legalizada, los motoqueros, los nuevos hippies y todos los raros que se le crucen en el camino.

Crítica: El Rey de Tulsa (Tulsa King) (2022)

Después de la Era Atómica vino la Era Digital. Una donde las computadoras pasaron a formar parte de nuestra vida diaria, el trabajo se simplificó por la informática y todo el asunto terminó por explotar cuando Internet se masificó. Un cambio brutal donde la información en papel quedó en decadencia y hoy todos vivimos conectados a una pantalla.

Pero, aunque parezca menor, es también la Era de la Cultura Pop. Cuando yo era chico los actores de matinée – léase, cine de aventuras que uno veía los fines de semana a la tarde en la sala de cine de tu barrio – envejecían, se jubilaban y, si habían sido inteligentes al invertir, obtenían un retiro decente; caso contrario terminaban aceptando papeles mediocres en la TV y trabajando hasta morir. Esos eran los casos típicos de los líderes de taquilla de los años 50s; en cambio los ídolos de aventuras de los 60s y 70s comenzaron a descubrir – mas tarde, mas temprano – que les quedaba nafta en el tanque aún cuando su momento de gloria había pasado. Comenzaban los re-descubrimientos. Los primeros fueron el elenco de Star Trek y, en menor medida, los de Batman de 1966. Si, al principio parecía dar vergüenza ajena que un actor desempleado viviera en convenciones de fans hasta que empezaron los libros, las biografías, las remeras, el merchandising… y el lento resucitar de antiguas franquicias. Algo había cambiado. Los fans que crecieron viendo las series y películas que tanto adoraban cuando eran chicos ahora habían crecido y se habían metido en la industria, imitando lo que amaban y dándole trabajo a sus ídolos. A Adam West las oportunidades le llegaron tarde – yo creo que el tipo merecía una rehabilitación mucho mas temprana ocupando, quizás, el lugar que tuvo Leslie Nielsen después del éxito de Airplane!; al menos Seth MacFarlane se encargó de darle un glorioso capítulo final con un rol memorable en Padre de Familia -; y al elenco Trek le vino una segunda etapa de oro, ya no solo con las secuelas oficiales sino con el florecimiento de numerosas oportunidades artísticas – William Shatner ha brillado en la comedia y con Boston Legal demostró que podía construir su propio camino lejos de correr aventuras extraordinarias en donde el hombre jamás ha llegado; Leonard Nimoy tuvo una respetable carrera como director; y el resto consiguió participaciones en diversas series y convenciones, abandonando el ostracismo y el encasillamiento -.

Si Batman y el Capitán Kirk tuvieron segundas oportunidades gracias a fans devenidos libretistas, directores y productores que los admiraron durante décadas, entonces qué decir de los héroes de acción de la década del 80. Antes un Victor Mature terminaba aceptando papelitos en filmes menores con tal de sentirse en actividad (aunque demostró tener unos grandes dotes de comediante en After the Fox, donde se parodiaba a sí mismo; siempre dije que los pésimos actores son ideales para la comedia y Airplane! es el caso ejemplar de ello). Y mientras que Bruce Willis nunca quiso resignarse a dejar de encabezar una cartelera aunque los filmes de su vejez fueran horribles, los mega íconos como Arnold Schwarzenegger y Sylvester Stallone se dieron el lujo de volverse experimentales y aceptar retos que jamás hubieran tomado en el pico de sus carreras. Arnold hizo de sangriento y despiadado en Sabotage, lloró porque su hija se volvía zombie (y él debía matarla) en Maggie, hizo cameos hilarantes en Dos Hombres y Medio y aceptó roles de todo tipo en una etapa donde la presión de la taquilla no lo consumía (incluso mostró que era mas bajo de lo que todos pensábamos en The Last Stand). Stallone – que jamás me gustó, terrible actor y cliché andante si lo hay, que nunca pudo hacer algo decente por fuera de Rocky y Rambo – volvió  probar que es mejor productor, guionista y director que actor. Se armó una pequeña franqucia (Expendables), hizo algunas de acción pasables a pesar de la veteranía (el tipo se conserva muy bien y parece fácil de 10 años menos de lo que tiene), volvió a la saga Rocky a través de un spinoff  de prestigio (Creed) y demostró ser un tipo astuto para las elecciones artísticas del último tramo de su carrera. Y si ha tenido algunas oportunidades aisladas para brillar en estos últimos años, con Tulsa King ha acaparado los reflectores para él solo. Sigue siendo un actor terrible (Arnold siempre ha sido mejor – en el drama y en la comedia – sin ser un super intérprete) pero he allí su ventaja: el tipo tiene un delivery imperturbable de líneas que, cuando son graciosas, te morís de la risa. Y en El Rey de Tulsa es un gangster en proceso de jubilación al que sus antiguos jefes lo quieren lejos y lo mandan a una pequeña ciudad vaquera de Oklahoma para que monte desde cero – él solito – una operación mafiosa.

Lo que lo hace tan deliciosa a El Rey de Tulsa es que el personaje de Stallone es un mafioso culto con un delirante sentido del humor (negro). Lo primero que hace es tomar por asalto un puesto de venta de marihuana – atendido por Martin Starr, el profesor de Peter Parker en la última saga de El Hombre Araña y uno que tiene un talento enorme para hacer de atolondrado cobarde -, y empezar a expandirse a partir de eso. Claro, la venta de marihuana medicinal es algo legal en Oklahoma pero Stallone no lo entiende; el tipo estuvo 25 años guardado en prisión y apenas sabe como funciona el mundo real, lo que lo hace pariente cercano del Johnny Lawrence de Cobra Kai: un hombre de Cromagnon llevándose a las patadas con la tecnología, la cultura woke, los nuevos códigos sociales y la mar en coche. Es obvio que Taylor Sheridan (creador del Yellowstoneversey no me extrañaría verlo a Stallone cruzarse con Kevin Costner en algún capítulo futuro ya que todas las series de Sheridan están ambientadas en el lejano oeste americano -) admira a Stallone, conoce sus limitaciones y le da las mejores líneas para que brille la estrella. Es posible que la historia general sea bastante lightno es el gran drama shakespereano y de intenciones profundas como Yellowstone – pero el entretenimiento es mayor porque Stallone se luce en el mejor rol que tuvo en la última década. Es una serie super recomendable, es diversión pura y es entretenimiento del sólido manufacturado por un tipo como Sheridan (Hell or High Water, Wind River), el cual sabe escribir diálogos memorables y crear escenas fabulosas aún cuando esté corto de ingredientes y solo le quede la pirotecnia verbal como elemento mayoritario de acción.