Crítica: Magic (1978)

Volver al indice de críticas por género / una crítica del film, por Alejandro Franco


4 atómicos: muy buenaUSA, 1978: Anthony Hopkins (Corky Withers), Ann Margret (Peggy Ann Snow), Burgess Meredith (Ben Greene), Ed Lauter (Duke)

Director: Richard Attenborough – Guión: William Goldman, basado en su propia novela

Trama: Corky Withers es un tipo apocado. Ha intentado seguir los pasos de su padre – un gran mago en su época – pero su timidez lo ha convertido en la burla del público. Sin embargo un día encuentra el recurso que le abre las puertas de la fama y lo libera de todas sus inhibiciones: montar un acto de ventriloquía con un muñeco al cual llama Fats. Fats es cínico y zarpado, la gente se muere de risa con él, y pronto comienza a llenar una función tras otra. Su agente Ben Greene cree en el futuro del muchacho y le ha conseguido una audiencia en una gran cadena de televisión como para rodar un episodio piloto. Pero la cadena le exige una revisión médica, cosa que Corky no está dispuesto a tolerar. Huyendo de la ciudad, Corky se ha refugiado en su antiguo pueblito natal y le ha alquilado una cabaña a Peggy Ann Snow – su amor imposible de la secundaria, la cual está atada a un matrimonio infeliz con un tipo prepotente y golpeador -. Con el marido fuera de la ciudad Corky y Peggy Ann viven un apasionado romance de fin de semana y todo parece ir sobre ruedas para el artista… hasta que su agente lo ubica en el pueblito. Y no pasa mucho tiempo antes de que Greene confirme sus peores sospechas – que Corky depende cada vez mas de su muñeco hasta el punto de ser inseparables; enfrascados en una relación enfermiza y sicótica que no deja de crecer cada día que pasa -. Ante la amenaza de llevarlo a la fuerza a ver a los mejores siquiatras de Nueva York, Corky recibe la orden de Fats de detener a Greene a toda costa… lo que termina derivando en una tragedia. La relación entre Fats y Corky ha violado todos los límites y no hay marcha atrás; y en su desesperado intento de encontrar la felicidad a toda costa el dúo terminará asesinando a quienes se interpongan en su camino… enredándose en una espiral de mentiras y errores que sólo puede culminar de la peor manera posible.

Crítica: Magic (1978)

Muñecos malditos. Mamotretos humanoides de madera que terminan controlando a sus dueños – una caterva de traumados ventrílocuos -. El género del terror está lleno de ellos aunque la premisa no deja de ser limitada – generalmente el relato es mas efectivo cuando se lo reduce a un corto o a un cuento -. En el cine el primer antecedente que figura es el de The Great Gabbo (1929) y luego viene la que se considera la versión suprema del género que es el episodio con Michael Redgrave de Dead of the Night (1945). Luego aparecerían mas muñecos poseídos en filmes posteriores, episodios de La Dimensión Desconocida, la aterradora Dead Silence e incluso daría lugar a un villano de Batman (Scarface), al que vimos hacer maldades a sus anchas en la memorable serie animada de los 90s.

En realidad el tema de los muñecos de ventrílocuos poseídos da pie a dos interpretaciones: el tipo tiene doble personalidad y el muñeco es el catalizador que permite liberar toda su locura y violencia, y la otra es que el muñeco tiene vida propia y domina a su creador. Magic pertenece a la primera categoría. Hay algún guiño aquí y allá de que el bicho se mueve solo – Fats a veces gira solo la cabeza o hace una mueca sin que nadie esté a su lado – pero no es la intención del director Richard Attenborough (¡welcome to Jurassic Park!). Desde el principio uno puede ver a un desquiciado Anthony Hopkins lidiando con sus limitaciones sociales, su timidez y su apatía y encontrando sólo la plenitud cuando construye a Fats y vuelca a través de él todas sus desinhibiciones. Es obvio que la relación es enfermiza – el personaje de Hopkins depende cada vez mas del muñeco y lo lleva a todas partes, incluso cuando no está actuando – y que el grado de dominación de la personalidad del muñeco es cada vez mayor.

Mientras que los carriles de la historia son previsibles, lo que hace a la historia son las perfomances y los detalles. He aquí otro tipo desgraciado que vivió a la sombra de la estrella de su padre – en su época, un gran mago – y que no logra hacer pie ni en el mundo del espectáculo ni en la vida. Lo que podía ser patético termina siendo trágico, en especial cuando Hopkins decide huir de su gran oportunidad – un show en TV que le ha conseguido su representante, un calculador y brillante Burgess Meredith – y regresa a su pueblo natal. Ahí ve imágenes de cómo su vida se ha desbarrancado, perdiendo a su madre y su hermano, topándose con la chica de secundario (Ann Margret) a la cual nunca se animó a hablarle, viendo la decadencia de su vecindario. La Margret, por su lado, lleva una existencia triste y gris: habiéndose casado con el bully de la escuela, nunca tuvo hijos ni jamás fue feliz y el tipo – que gusta de empinar el codo – mas de una vez la ha cascado. Hay un momento de suprema amargura en todo esto que se da cuando la Margret y Hopkins se cruzan, bromean, florece la química y nace la esperanza de un futuro prometedor para ambos… pero es la falacia del falso final feliz, algo que hemos visto en montones de películas – sin ir mas lejos, Joker -, porque sabemos desde el vamos que la relación está condenada. Si Hopkins no logra despegarse de Fats, la convivencia con Margret será imposible… y sólo quedará en evidencia su locura y su descontrol.

Nunca he sido muy fan de Anthony Hopkins – me parece que siempre sobreactúa desde la soberbia; y como Hannibal Lecter no me inspira terror con su gomina y su pancita de cuarentón -, pero acá da una perfomance real y jugada. Lo suyo es terror, desesperación, locura, ternura, cariño. Es la mejor interpretación que le he visto. Meredith es una joya, hasta Ed Lauter humaniza a lo que podría ser un esposo monstruoso reducido a una caricatura. Pero la que se saca chispas con Hopkins es la Margret – que todo el mundo cataloga de figura bonita y superficial por haber sido bailarina y cantante (y actuar con Elvis!), pero da la talla de actriz seria, profundamente emocional y expresiva -. Su química con Hopkins es relajada, la puerta de la esperanza que abren es un proceso natural y es un alma desesperada que termina saltando de la sartén al fuego por su búsqueda frenética de un poco de felicidad.

Hay algunos momentos hitchcockianos en el filme – cadáveres que vuelven a la vida, descuidos por parte de un homicida impulsivo, pistas que están a la vista – pero, lo que hace a la película, es Fats. Diseñado por dibujantes de la Disneyque exigieron silencio sobre su participación – tiene esa empatía de los enanos de Blancanieves aunque su enorme cabeza y sus facciones resulten siniestras – y, lo mas terrible, es que es una caricatura del mismo Hopkins con todas sus facciones exageradas -. Estando estático, sin hablar ni hacer un gesto, te genera inquietud… ni que hablar cuando comienza a mascullar planes conspiratorios y a llenarle la cabeza al pobre Hopkins.

Magic es un sólido thriller mas que recomendable por sus excelentes perfomances y su buen suspenso. Tiene sus momentos y una muy buena historia; y sirve como antecedente para ver de dónde sacaron el stunt casting como para que un actor inglés de porte señorial terminara haciendo de sangriento caníbal con gustos gourmet.