Crítica: Chernobyl (2019)

Volver al indice de críticas por género / una crítica del film, por Alejandro Franco


Recomendación del EditorUSA / GB, 2019: Jared Harris (Valery Legasov), Stellan Skarsgård (Boris Shcherbina), Emily Watson (Ulana Khomyuk), Paul Ritter (Anatoly Dyatlov), Jessie Buckley (Lyudmilla Ignatenko)

Creada por Graig Mazin

Trama: 1986, en el norte de Ucrania. El personal operativo de la central nuclear de Chernobyl se encuentra realizando una prueba de seguridad cuando una explosión sacude el edificio. El reactor ha volado por los aires y ha lanzado a la atmósfera una increíble cantidad de material radiactivo. Pero, claro, son los tiempos de la Unión Soviética y la información sobre la radiactividad escasea mientras que la burocracia y el secretismo abundan. Un montón de voluntarios del cercano pueblo de Pripiat se han acercado para apagar el fuego y recoger los restos sin saber que en cuestión de semanas sus cuerpos serán devorados por las secuelas de la radiación. El profesor Valery Legasov ha sido llamado por el Politburó para evaluar las secuelas de la explosión y, al llegar al lugar, su alma se desmorona al ver un cuadro catastrófico sin precedentes – el núcleo del reactor ha quedado al descubierto y está lanzando al aire el equivalente radiactivo de dos bombas atómicas de Hiroshima por hora, eso sin contar que el material radiactivo está a horas de fundir el piso, llegar a las piscinas de agua refrigerante y provocar una explosión hidrotérmica que crearía una gigantesca nube radiactiva que dejaría inhabitable a todo el sector oriental de Europa -. No solo la explosión y el daño son devastadores sino que el gobierno está manejando muy mal el desastre. Con la ayuda del comisario político Boris Shcherbina intenta transmitir la urgencia de todo el caso a las mas altas autoridades del gobierno… pero con la KGB monitoreando sus conversaciones e interfiriendo con el nombramiento de los encargados del rescate, Legasov pronto comprende que él está solo en esta pelea. Y para colmo otros reactores como el de Chernobyl se encuentran operativos y diseminados por toda Rusia, padeciendo el mismo defecto de construcción de la central ucraniana. Y a menos que Legasov haga algo para que se tomen las medidas correctivas del asunto, la catástrofe de Chernobyl podía replicarse por toda la Unión Soviética… con una magnitud tan vasta que podría poner en peligro la supervivencia de toda la raza humana sobre el planeta.

Crítica: Chernobyl (2019)

Realidad mata ficción. El cine catástrofe suele disfrazarse de melodrama barato porque los clichés del género – quien sobrevive y quien muere, las circunstancias azarosas a las que deben sobrevivir los protagonistas, etc – lo imponen. Pero en Chernobyl el drama es real y sólo basta una tonelada de ciencia – explicada de manera accesible – para que a uno se le pongan los pelos de punta. La idea de que el poder devastador del átomo esté en manos de burócratas, politiqueros que sólo quieren reducir costos y mantener su puesto, es tan estremecedora como la del accidente nuclear. Que nadie tome las medidas necesarias – sea por cobardía, ignorancia o publicidad negativa de su propio gobierno – es terrible. No importa la tonelada de datos aterradores que el científico interpretado por Jared Harris vomite sobre la mesa del gabinete; los tipos cuidan sus puestitos y su imagen, e incluso la KGB se mete en las designaciones de la gente a cargo del salvataje. Qué cosa mas atroz.

Y por supuesto está el accidente. Ok, Hollywood metió mano – no todo el mundo en la central nuclear fue tan incapaz y necio como lo pinta la miniserie – y puso villanos que era innecesarios. Porque acá el tema es, como en las viejas películas de sci fi de los 50, que el hombre se ha metido con poderes tan abrumadores como prohibidos y, cuando las cosas entre los dos salen mal, las consecuencias las pagamos todos. Un defecto de construcción en un reactor nuclear provoca un accidente devastador donde la central estallada termina lanzando al aire la radiación equivalente a dos bombas atómicas de Hiroshima cada hora que pasa, y donde acercarse al punto cero del suceso mata a una persona en menos de dos minutos. Para controlar el daño lo que quedan son medidas tan desesperadas como desesperantes: pedir a gente que se sacrifique y vaya a la zona cero para vaciar unos depósitos de agua antes que el material radiactivo la alcance, explote y forme una nube radiactiva que hará inhabitable la mitad oriental de Europa; voluntarios que deben despejar el techo de la central a meros metros de donde están los restos del núcleo expuesto (y que sólo disponen de menos de 90 segundos por turno para hacerlo, caso contrario se pescarán un cáncer mortal que los liquidará en cuestión de semanas); la omisión de información para soldados, mineros y voluntarios, a los cuales se les pagan con un puñado de rublos y mucho vodka; y por supuesto lidiar con la burocracia, la cual omite / sabotea el proceso cada vez que puede, como el robot encargado a Alemania para operar en la zona altamente radiactiva… y cuyas especificaciones técnicas – la cantidad de Roentgen que puede tolerar – ha sido rebajada por la gente del Politburó para que los tipos de Occidente no se enteren de lo gravísima que es la realidad.

Chernobyl es una miniserie con cero por ciento de grasa, un espectáculo tan ajustado y nítido como aterrador y fascinante. Es la ciencia por la ciencia misma, son los hechos destilados uno tras otro sin adorno… es la fascinación por lo incontrolable. Las perfomances son uniformemente excelentes – Harris, Skarsgard, la Watson – pero la dirección es la que brilla. La miniserie está plagada de momentos que te dejan helado porque se trata de gente obligada a tomar decisiones brutales en circunstancias aciagas. No hay buenas opciones en ningún caso; todas las alternativas dejan un tendal de muertos y solo son elegidas aquellas en donde el numero de victimas resulte menor que las otras.

Chernobyl es una serie imprescindible por sus perfomances, su dirección, la cuidada reconstrucción de época y lo dramático de su tema. Imposible no conmoverse por el poderío de sus imágenes y lo estremecedor del escenario, dejando en evidencia que somos meros temerarios jugando con el poder de los dioses en un mundo al cual nunca terminamos de entender.